Apuntes desde Cinelândia
Publicado el 2 de Noviembre de 2011Por
Nunca, ni a los amigos más queridos del Brasil, se les puede explicar hasta el último sorbo de caipirinha la situación argentina, su complejidad, su vitalidad, todo lo que de imaginativo y nuevo se podría pensar sobre ella.
El bar Amarelinho es un local tradicional de la Plaza Floriano en Río de Janeiro, zona conocida como Cinelândia. Tomando allí un café con leche (no caipirinha, no pingado, sino un mero brebaje que se podría obtener en cualquier bar de Buenos Aires) me di a observar los paseantes. Tenía apenas unas horas en Río, no hacía 40 grados como en el film de Nelson Pereira dos Santos, y el oficio de desentrañar el rostro de las muchedumbres siempre es fascinante. Pero atención: lo es necesariamente para el viajero rápido, flor de un día, nunca turista, nunca queriendo verlo todo, nunca sosteniendo un mapa en la mano ni sabiendo nada previamente.
Observar sin más, observar bobamente, a esa secretaria que se contonea –¿de Petrobras?, el edificio está cerca, ¿o es quizás una curadora de arte?, el lugar lo permite–, a ese vendedor de lotería, ese mozo vestido de amarillo como el nombre del bar, esos cuerpos holgazanes (prejuicio mío), divinamente horadados por la vida y la dificultad del existir, así, sin más. Pasa un hombre de traje, apurado, una chica de pantalones ajustados, también apurada, todo es un rumor del Brasil moderno y del Brasil profundo cuyos límites no se distinguen. Muchachos con torsos desnudos permiten reflexionar sobre una ilusoria igualdad, en la que fugazmente nos permitimos creer. Torpe ocupación necesaria la de imaginar vidas ajenas en otra ciudad de vidas incalculables. ¡Si la nuestra lo es!
El domingo triunfó Cristina en Buenos Aires y el lunes había una reunión en la Biblioteca Nacional de Brasil a la que era necesario ir. Sobresale la Biblioteca por encima de las otras bellas construcciones en esa Plaza Floriano. El nombre de Cinelândia es porque era zona de cines. Estos casi desaparecieron dejando el rastro de una denominación para definir el lugar de estos viejos palacios, que en cambio siguen en pie. Construido hace 100 años, el actual edificio de la Biblioteca –que este año cumple 200 años, como la nuestra lo hizo el año pasado–, convive con el Teatro Municipal y el Museo de Bellas Artes. Ellos son generosos exponentes de una arquitectura que va del neoclásico al rococó, todo vagamente imperial, alegremente florido, con leve aire art nouveau, una manera desde luego afrancesada, pero también con esa gozosa mezcla de Opera de París y pompa tropicalista, sobre todo después de una estentórea restauración.
La Biblioteca Nacional, por su parte, es conmovedora en sus líneas severas, por fuera es un macizo que siempre está a punto de ser elegante, pero por dentro sus espacios aéreos y barrocos –es una contradicción, ya lo sé–, crean un vértigo arquitectónico que de un modo misterioso sigue definiendo a la emoción lectora, al lector presencial, culo en silla entre otros culos y otras sillas, levantando la vista del libro y mirando formidables vitrales y herrajes puntillistas. Es el lector situado en escenas que son iguales a las del siglo XVII.
“¿En Lapa?, ¿no consiguió otro hotel? ¡es un poco peligroso!”, escucho que alguien me dice. Hotel dos estrellas, años ’40, sin un retoque desde entonces, los olores son inciertos y la Rua do Riachuelo es un torrente lleno de vida y rebusques, las mil triquiñuelas del existencialismo carioca. Al volver de noche caminando por la Rua Mem de Sá, un descubrimiento para mí. ¿Peligrosa? ¡Qué! En el fondo nada es peligroso si uno tiene pocas horas y cada instante puede recrear un mundo. Los botecos y botequins –no hay Brasil sin esas palabras– son una extraña pervivencia de las edades en que una ciudad es estar tanto adentro como fuera de casa, en el patio interno como en la vereda. Uno mira el sinfín de indescifrables botellas llenas o vacías en indolente abandono, y entiende que el descuido es un método, la conversación una languidez que simula ser monocorde, pero la tensión nunca baja. Hay un arte de conversar pensando siempre en otra cosa. Una ciudad entera lo aprende o no lo aprende.
Hace años que quiero descifrar ese sarcasmo promedio del brasilero tipo –¡horror de arquetipo!, eso no existe, pero estamos jugando–, cuando imita cierta voz grotesca con un raspado de garganta muy especial, una aspereza tibiamente embriagada. Voz que pone en boca de alguien ridículo, del mal vecino, del nenito de papá, del arrogante al paso, del neoliberal de turno. ¡Sí, hasta nuestro querido Emir Sader, un intelectual brasilero-latinoamericano, también usa el recurso ridiculizante, arrebatadoramente popular! Recurso zumbón, imposible de definir con palabras, cuando Emir describe el razonamiento de algún personaje que postula fondomonetarismos o economías de mercado. El que consiga definir ese zumbido sarcástico, cuerda fundamental de la lengua brasileña, se acerca al corazón de esa gran sociedad que suma todas las asombrosas posibilidades de creer en algo y se pasa todo el día renegando de las infinitas frases dichas por los otros y por ellos mismos. Una vía original para las democracias sociales fundadas en las democracias lingüísticas.
En esa calle Mem de Sá hay edificios maravillosos en su belleza percudida, ante los que podríamos llorar si es que no reservamos ese acto para momentos sigilosos de nuestra vida y no a propósito de construcciones que sobreviven por abandono, milagro o apatía. Pero un llanto callado escapa al ver esos edificios, a veces ostensiblemente conservados, que parecen siempre a punto de venirse abajo, donde subyace un compendio de Portugal, el pasaje del Imperio a la República –que también es un pasaje arquitectónico–, y un artnuvó –ya lo escribí bien antes–, excesivo, desmadrado, engolosinado, infantil y trágico, que se conserva quizás porque al lado africano de Brasil, al lado pobre, le tocó tomar a su cargo esos edificios que tienen el aire de los señores que dominaban el mundo y que abandonaron sus posesiones a conventillos, pizzerías, inmobiliarias, peluquerías, centros espiritistas, hijos e hijas de algún orixá, a su vez hijos de Olorun, dueño del cielo. “¿En Lapa, señor?” Es fácil responder por qué razón pasar una noche y una mañana en Río en un hotel de una calle degradada pero vital, que intimida en la categoría exacta en que para un viajero, una ciudad ajena le debe ser primero sospechosa para entregarse a ella.
“¿En Lapa?” Para respuesta está la música de Chico Buarque, hermano de la actual ministra de Cultura de Dilma, aquella canción irónica que trata del “fim da malandragem”. Ya no están esos hombres que “jubilaron la navaja”, ahora son trabajadores, tienen hijos, viajan apretujados en el tren, pero algunos dicen que perduran los malandros aunque ahora “usan corbata y capital”. Cosas de Chico, otro tipo de socarronería lírica. Pero el famoso tema justifica el rápido vagabundeo por Lapa, barrio al que uno puede ir como el personaje de Jack Nicholson iba al Barrio Chino. Siempre se busca lo que no se debe en una ciudad ajena, o se busca lo ajeno en una ciudad que nunca rinde su última cuota de antagonismo. Nuestro propio rostro y sus secretas ansiedades se diluyen quedamente en el rostro de ese ejecutivo, la secretaria, el tecnócrata, el estudiante libertario, el descuidista y el expansivo truchimán. Y todo debe ocurrir rápido, podemos perder el avión, pero el verdadero visitante debe fingir desapego, ser uno más de los que ponen su zapato en la caja del lustrabotas y abrir el diario como quien no quiere la cosa. En unas horas nos espera Buenos Aires.
Un día, en verdad un par de horas bastan para terminar de concretar un vínculo posible con la poderosa Biblioteca do Brasil, producto de un perseverante trabajo previo. Se trataba de la inauguración del portal común Pedro de Ángelis, con todas las colecciones del sabio napolitano, al servicio de Rosas, que vendió sus tesoros documentales a Pedro II luego de la batalla de Caseros. Ya en la reunión de la Biblioteca Nacional escucho a la subdirectora de la Biblioteca de Portugal, también presente. Lindo escuchar en Brasil hablar portugués europeo. Hay cierres y compases fónicos cuya distancia con el Brasil hablado ayudan a comprender toda una historia. La simpática señora dice que los países tienen que formar una instancia coordinadora de objetos digitales –sin obligar a nadie y sin siquiera llamarlos “documentos”, son “objetos”– y que a la larga, museos, bibliotecas y archivos perderán su identidad ante la maraña entrelazada de conocimientos producidos por las fábricas informáticas. Lo primero me parece buena idea; lo segundo, muy dudoso. Pero me reconcilia escuchar en su envase originario la lengua de Camôes.
Salgo a la Plaza Floriano con la Folha de São Paulo en la mano. Los anarquistas pernoctan en la plaza con carteles sugestivos, contra la televisión, la soja transgénica, la vida ejecutiva, el mercado de cuerpos, las ideas enlatadas. Los carteles son ingeniosos, los muchachos y chicas les recuerdan a uno su vieja verdad enclaustrada, y dan ganas de quedarse a conversar. ¿Para qué? No podemos ser lo que no somos, aunque nunca podemos quedarnos con lo que somos. Mi problema hoy es Pedro de Angelis, el viejo napolitano que polemizó con Esteban Echeverría a favor de Rosas, ahora convertido por nuestros acuerdos bibliotecarios en una buena osamenta digital.
En aquel diario paulista –así lo quise, ironía de leer el diario de San Pablo en Río-, hay un artículo cáustico de Jorge Castro sobre las elecciones que ganó Cristina, diciendo que al fin el pueblo argentino quiere gobiernos fuertes. En la televisión del hotel ya lo había escuchado decir cosas semejantes (todo puede verse en todos lados) y luego aparecía la corresponsal en Buenos Aires de Rede Globo: temor por la libertad de prensa, el gobierno va por los medios, atención. Un sentimiento de fatalidad impotente recorrió, como un sudor frío –así dicen las malas novelas–, mi espalda. Nunca, ni a los amigos más queridos del Brasil, se les puede explicar hasta el último sorbo de caipirinha la situación argentina, su complejidad, su vitalidad, todo lo que de imaginativo y nuevo se podría pensar sobre ella. Ya no está Darcy Ribeiro. Pero Marco Aurelio García, asesor de Lula y Dilma, sabe bien todo. Ahora sí (entremezclo los tiempos) es hora de bajar a la rua Mem de Sá –prohibida cualquier evocación argentina– con esos vecinos anónimos que miran con indiferencia un lejano televisor que festeja las medallas de oro brasileras en Guadalajara. Dan la impresión, esos multifacéticos rostros, que esperan otra cosa. <
Nunca, ni a los amigos más queridos del Brasil, se les puede explicar hasta el último sorbo de caipirinha la situación argentina, su complejidad, su vitalidad, todo lo que de imaginativo y nuevo se podría pensar sobre ella.
El bar Amarelinho es un local tradicional de la Plaza Floriano en Río de Janeiro, zona conocida como Cinelândia. Tomando allí un café con leche (no caipirinha, no pingado, sino un mero brebaje que se podría obtener en cualquier bar de Buenos Aires) me di a observar los paseantes. Tenía apenas unas horas en Río, no hacía 40 grados como en el film de Nelson Pereira dos Santos, y el oficio de desentrañar el rostro de las muchedumbres siempre es fascinante. Pero atención: lo es necesariamente para el viajero rápido, flor de un día, nunca turista, nunca queriendo verlo todo, nunca sosteniendo un mapa en la mano ni sabiendo nada previamente.
Observar sin más, observar bobamente, a esa secretaria que se contonea –¿de Petrobras?, el edificio está cerca, ¿o es quizás una curadora de arte?, el lugar lo permite–, a ese vendedor de lotería, ese mozo vestido de amarillo como el nombre del bar, esos cuerpos holgazanes (prejuicio mío), divinamente horadados por la vida y la dificultad del existir, así, sin más. Pasa un hombre de traje, apurado, una chica de pantalones ajustados, también apurada, todo es un rumor del Brasil moderno y del Brasil profundo cuyos límites no se distinguen. Muchachos con torsos desnudos permiten reflexionar sobre una ilusoria igualdad, en la que fugazmente nos permitimos creer. Torpe ocupación necesaria la de imaginar vidas ajenas en otra ciudad de vidas incalculables. ¡Si la nuestra lo es!
El domingo triunfó Cristina en Buenos Aires y el lunes había una reunión en la Biblioteca Nacional de Brasil a la que era necesario ir. Sobresale la Biblioteca por encima de las otras bellas construcciones en esa Plaza Floriano. El nombre de Cinelândia es porque era zona de cines. Estos casi desaparecieron dejando el rastro de una denominación para definir el lugar de estos viejos palacios, que en cambio siguen en pie. Construido hace 100 años, el actual edificio de la Biblioteca –que este año cumple 200 años, como la nuestra lo hizo el año pasado–, convive con el Teatro Municipal y el Museo de Bellas Artes. Ellos son generosos exponentes de una arquitectura que va del neoclásico al rococó, todo vagamente imperial, alegremente florido, con leve aire art nouveau, una manera desde luego afrancesada, pero también con esa gozosa mezcla de Opera de París y pompa tropicalista, sobre todo después de una estentórea restauración.
La Biblioteca Nacional, por su parte, es conmovedora en sus líneas severas, por fuera es un macizo que siempre está a punto de ser elegante, pero por dentro sus espacios aéreos y barrocos –es una contradicción, ya lo sé–, crean un vértigo arquitectónico que de un modo misterioso sigue definiendo a la emoción lectora, al lector presencial, culo en silla entre otros culos y otras sillas, levantando la vista del libro y mirando formidables vitrales y herrajes puntillistas. Es el lector situado en escenas que son iguales a las del siglo XVII.
“¿En Lapa?, ¿no consiguió otro hotel? ¡es un poco peligroso!”, escucho que alguien me dice. Hotel dos estrellas, años ’40, sin un retoque desde entonces, los olores son inciertos y la Rua do Riachuelo es un torrente lleno de vida y rebusques, las mil triquiñuelas del existencialismo carioca. Al volver de noche caminando por la Rua Mem de Sá, un descubrimiento para mí. ¿Peligrosa? ¡Qué! En el fondo nada es peligroso si uno tiene pocas horas y cada instante puede recrear un mundo. Los botecos y botequins –no hay Brasil sin esas palabras– son una extraña pervivencia de las edades en que una ciudad es estar tanto adentro como fuera de casa, en el patio interno como en la vereda. Uno mira el sinfín de indescifrables botellas llenas o vacías en indolente abandono, y entiende que el descuido es un método, la conversación una languidez que simula ser monocorde, pero la tensión nunca baja. Hay un arte de conversar pensando siempre en otra cosa. Una ciudad entera lo aprende o no lo aprende.
Hace años que quiero descifrar ese sarcasmo promedio del brasilero tipo –¡horror de arquetipo!, eso no existe, pero estamos jugando–, cuando imita cierta voz grotesca con un raspado de garganta muy especial, una aspereza tibiamente embriagada. Voz que pone en boca de alguien ridículo, del mal vecino, del nenito de papá, del arrogante al paso, del neoliberal de turno. ¡Sí, hasta nuestro querido Emir Sader, un intelectual brasilero-latinoamericano, también usa el recurso ridiculizante, arrebatadoramente popular! Recurso zumbón, imposible de definir con palabras, cuando Emir describe el razonamiento de algún personaje que postula fondomonetarismos o economías de mercado. El que consiga definir ese zumbido sarcástico, cuerda fundamental de la lengua brasileña, se acerca al corazón de esa gran sociedad que suma todas las asombrosas posibilidades de creer en algo y se pasa todo el día renegando de las infinitas frases dichas por los otros y por ellos mismos. Una vía original para las democracias sociales fundadas en las democracias lingüísticas.
En esa calle Mem de Sá hay edificios maravillosos en su belleza percudida, ante los que podríamos llorar si es que no reservamos ese acto para momentos sigilosos de nuestra vida y no a propósito de construcciones que sobreviven por abandono, milagro o apatía. Pero un llanto callado escapa al ver esos edificios, a veces ostensiblemente conservados, que parecen siempre a punto de venirse abajo, donde subyace un compendio de Portugal, el pasaje del Imperio a la República –que también es un pasaje arquitectónico–, y un artnuvó –ya lo escribí bien antes–, excesivo, desmadrado, engolosinado, infantil y trágico, que se conserva quizás porque al lado africano de Brasil, al lado pobre, le tocó tomar a su cargo esos edificios que tienen el aire de los señores que dominaban el mundo y que abandonaron sus posesiones a conventillos, pizzerías, inmobiliarias, peluquerías, centros espiritistas, hijos e hijas de algún orixá, a su vez hijos de Olorun, dueño del cielo. “¿En Lapa, señor?” Es fácil responder por qué razón pasar una noche y una mañana en Río en un hotel de una calle degradada pero vital, que intimida en la categoría exacta en que para un viajero, una ciudad ajena le debe ser primero sospechosa para entregarse a ella.
“¿En Lapa?” Para respuesta está la música de Chico Buarque, hermano de la actual ministra de Cultura de Dilma, aquella canción irónica que trata del “fim da malandragem”. Ya no están esos hombres que “jubilaron la navaja”, ahora son trabajadores, tienen hijos, viajan apretujados en el tren, pero algunos dicen que perduran los malandros aunque ahora “usan corbata y capital”. Cosas de Chico, otro tipo de socarronería lírica. Pero el famoso tema justifica el rápido vagabundeo por Lapa, barrio al que uno puede ir como el personaje de Jack Nicholson iba al Barrio Chino. Siempre se busca lo que no se debe en una ciudad ajena, o se busca lo ajeno en una ciudad que nunca rinde su última cuota de antagonismo. Nuestro propio rostro y sus secretas ansiedades se diluyen quedamente en el rostro de ese ejecutivo, la secretaria, el tecnócrata, el estudiante libertario, el descuidista y el expansivo truchimán. Y todo debe ocurrir rápido, podemos perder el avión, pero el verdadero visitante debe fingir desapego, ser uno más de los que ponen su zapato en la caja del lustrabotas y abrir el diario como quien no quiere la cosa. En unas horas nos espera Buenos Aires.
Un día, en verdad un par de horas bastan para terminar de concretar un vínculo posible con la poderosa Biblioteca do Brasil, producto de un perseverante trabajo previo. Se trataba de la inauguración del portal común Pedro de Ángelis, con todas las colecciones del sabio napolitano, al servicio de Rosas, que vendió sus tesoros documentales a Pedro II luego de la batalla de Caseros. Ya en la reunión de la Biblioteca Nacional escucho a la subdirectora de la Biblioteca de Portugal, también presente. Lindo escuchar en Brasil hablar portugués europeo. Hay cierres y compases fónicos cuya distancia con el Brasil hablado ayudan a comprender toda una historia. La simpática señora dice que los países tienen que formar una instancia coordinadora de objetos digitales –sin obligar a nadie y sin siquiera llamarlos “documentos”, son “objetos”– y que a la larga, museos, bibliotecas y archivos perderán su identidad ante la maraña entrelazada de conocimientos producidos por las fábricas informáticas. Lo primero me parece buena idea; lo segundo, muy dudoso. Pero me reconcilia escuchar en su envase originario la lengua de Camôes.
Salgo a la Plaza Floriano con la Folha de São Paulo en la mano. Los anarquistas pernoctan en la plaza con carteles sugestivos, contra la televisión, la soja transgénica, la vida ejecutiva, el mercado de cuerpos, las ideas enlatadas. Los carteles son ingeniosos, los muchachos y chicas les recuerdan a uno su vieja verdad enclaustrada, y dan ganas de quedarse a conversar. ¿Para qué? No podemos ser lo que no somos, aunque nunca podemos quedarnos con lo que somos. Mi problema hoy es Pedro de Angelis, el viejo napolitano que polemizó con Esteban Echeverría a favor de Rosas, ahora convertido por nuestros acuerdos bibliotecarios en una buena osamenta digital.
En aquel diario paulista –así lo quise, ironía de leer el diario de San Pablo en Río-, hay un artículo cáustico de Jorge Castro sobre las elecciones que ganó Cristina, diciendo que al fin el pueblo argentino quiere gobiernos fuertes. En la televisión del hotel ya lo había escuchado decir cosas semejantes (todo puede verse en todos lados) y luego aparecía la corresponsal en Buenos Aires de Rede Globo: temor por la libertad de prensa, el gobierno va por los medios, atención. Un sentimiento de fatalidad impotente recorrió, como un sudor frío –así dicen las malas novelas–, mi espalda. Nunca, ni a los amigos más queridos del Brasil, se les puede explicar hasta el último sorbo de caipirinha la situación argentina, su complejidad, su vitalidad, todo lo que de imaginativo y nuevo se podría pensar sobre ella. Ya no está Darcy Ribeiro. Pero Marco Aurelio García, asesor de Lula y Dilma, sabe bien todo. Ahora sí (entremezclo los tiempos) es hora de bajar a la rua Mem de Sá –prohibida cualquier evocación argentina– con esos vecinos anónimos que miran con indiferencia un lejano televisor que festeja las medallas de oro brasileras en Guadalajara. Dan la impresión, esos multifacéticos rostros, que esperan otra cosa. <
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