MEDIOS Y COMUNICACION
El show no debe continuar
Según Matías Casas, la hibridación entre
ficción y realidad reproduce, desde una operación mediática, la continua
frivolización de tragedias individuales que se convierten en temáticas
centrales de la vida pública.

“Esto demuestra que no fue el portero, él no mató a Angeles.” La joven que
escucha atentamente a su enamorado le refuta “pero es Araceli, no es Angeles”.
“Ya lo sé, es la misma banda, es el mismo patrón, hay otra chica más”, el
muchacho sentencia con firmeza. La situación surrealista de un bar porteño
podría pasar desapercibida ante la innumerable cantidad de ejemplos que se
suceden cotidianamente. Empero, la revelación del caso por parte del joven
evidencia un posicionamiento que resulta cada vez más frecuente entre los
consumidores de los medios de comunicación dominantes. La resolución de enigmas
policiales al estilo de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie ya no configura
sólo un género de la narrativa literaria. La hibridación entre ficción y
realidad reproduce, desde una operación mediática, la continua frivolización de
tragedias individuales que se convierten –sin autorización alguna– en temáticas
centrales de la vida pública.
Hace algunos días, la
policía halló el cuerpo sin vida de una adolescente que se encontraba
desaparecida. Las cámaras, luces, micrófonos y grabadores trasladaron su
escenario ambulante hacia el noroeste del conurbano bonaerense. El melodrama
que más vende en las programaciones identificó los personajes, la trama, el
desenlace y se lanzó al estreno. Con la nula preocupación por los familiares,
se desa-rrollan hipótesis que, a modo de sucesión de capítulos en una temporada
de serie norteamericana, inundan los canales televisivos, las emisiones
radiales y las páginas de los diarios. Los periodistas especializados en
policiales se multiplican. Los “periodistas especializados en todo” abordan el
tema. El derrotero de la investigación policial deviene en talk-show donde
convergen las situaciones más inverosímiles con el archivo de la causa. Escena
repetida.
El filósofo lituano
Emmanuel Lévinas plantea que un rostro no es un conjunto de una frente, dos
ojos, una nariz y una boca, dado que su significación desborda su imagen. Los
medios tienden a abusar de la utilización de los rostros de las víctimas. En
esa operación las imágenes se resignifican de manera continua, la repetición
produce el desplazamiento de la identificación con la persona a la
identificación con el personaje unilateralmente creado por los comunicadores.
En el espectáculo de la criminalización los que sufren la deshumanización son
las víctimas. Los estudiosos de la dramaturgia aseguran que los actores deben
reafirmar su condición de tales en torno de la relación con el público. Es
decir, quien les otorga la legitimidad para representar diversos personajes es
el espectador. Aquí las relaciones se tejen desde diferentes sectores. Los
medios de comunicación construyen una representación de las víctimas adecuada a
la lógica del consumo mediático. Como si no hubiese sido suficiente el trágico
destino terrenal, se resignifica su condición y se las manipula atendiendo las
necesidades de los espectadores. El público, por último, acepta el desafío y se
debate entre las múltiples explicaciones esbozadas por los interlocutores de
turno.
Los consumidores de los
melodramas policiales adoptan una postura activa en el desarrollo de la trama.
El contraste de hipótesis, la identificación de culpables, la exoneración de
inocentes y las profecías sobre la resolución final aparecen con llamativa
celeridad en el discurso del público como si se tratase de un capítulo de
Mentes criminales, CSI o La ley y el orden. El teatro, el cine y la televisión
han dejado numerosos ejemplos de la identificación entre los espectadores y los
personajes. La tragedia se intensifica cuando se recuerda que aquí no hay
actores. El aparentemente simpático entretenimiento que para muchos radica en
disfrazarse de detectives y resolver el misterio se realiza a costa del
sufrimiento –real, no representado– de otros.
El poeta Octavio Paz
definió la modernidad como un “baile de máscaras”. Los recurrentes ejemplos en
la prensa argentina nos permiten pensar que aquí ni los muertos están exentos
de ellas. Manipulados hacia una función que nunca quisieron representar, los
medios hegemónicos no vacilan en atribuirles características, publicar su
privacidad y transgredir cualquier tipo de intimidad. Familiares, amigos,
vecinos, para todos existe un papel de reparto y una caracterización. Las
situaciones se van reproduciendo con la lógica de una serie que necesita captar
y sostener la tensión de sus espectadores. La musicalización, las imágenes, la
producción de lo que antes era noticia y devino en escena contribuyen a
transformarla en espectáculo. Los consumidores reproducen, enfatizan y realizan
sus apuestas. Los límites se tornan difusos, las fronteras permeables. El show
no siempre debe continuar.
* Profesor Magister en Historia (Untref, Conicet).
Límites
Marta Riskin reflexiona sobre los límites
a la ley, al Estado y la democracia a raíz de los cuatro años de vigencia y
aplicación parcial de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

“Los límites de mi
lenguaje son los límites de mi mundo.”
Ludwig Wittgenstein Tractatus logico-philosophicus (1922)
Ludwig Wittgenstein Tractatus logico-philosophicus (1922)
Límites a la Ley
La Ley 26.522 de
Servicios de Comunicación Audiovisual ha resultado tan poderosa, aun en su
aplicación parcial, que obligó a sus detractores a invertir cuatro años de
ingentes esfuerzos para eludir su aplicación integral.
Desatada la batalla
cultural, muchos ciudadanos ajenos a la problemática tuvieron la oportunidad de
diferenciarse o convalidar su adhesión a usinas de opinión que, en el pasado,
consideraban neutrales e incuestionables.
Más aún, se
popularizaron interrogantes acerca de cómo se construyen propias y ajenas
subjetividades, hasta entonces contenidos exclusivos del ámbito científico y
académico.
Cuestiones como “qué
leemos” o “qué miramos” y “por-qué-pensamos-lo-que- pensamos” ganaron las
calles, inclusive las de Internet, resignificando la búsqueda de identidad
ideológica y renovando conciencia política.
Cada vez más argentinos
de a pie, como gustan expresar ciertos comunicadores, desafían a periodistas
omnipotentes y se transforman en protagonistas de una fiesta que desenmascara,
desde la falta de talento a los pequeños intereses.
Lamentablemente, los
numerosos y prometedores efectos individuales y colectivos inducidos por la
aplicación parcial de la ley para la verdadera libertad de expresión todavía no
parecen suficientes a uno de los poderes del Estado para ponerle límites a toda
forma de monopolio comunicacional.
Límites al Estado
Si parecía una
perogrullada insistir en que la aspiración, convertida en consigna opositora, de
“poner límites al Gobierno” se contradecía con la negativa del “Grupo” a
aceptar normas democráticas, la audiencia pública de la Corte Suprema del
último agosto expuso que no existe tal contradicción para quienes sostienen la
supremacía de los intereses corporativos sobre los nacionales.
Gracias a la insistencia
en argumentos tipo “Las libertades son de nosotros y los límites para los
demás”, el mensaje de los amicus fue muy preciso: creen que el control sobre la
voz pública es un privilegio exclusivo de quienes ostentan el poder económico
y, en consecuencia, consideran justo y legítimo su posicionamiento por encima
de la igualdad ante la ley.
Asimismo, la
transparencia con la cual manifestaron su propio imaginario exterioriza el
histórico conflicto que enfrenta la Corte: acceder a la voluntad de los grupos
económicos concentrados no sólo recorta las oportunidades para mantener los
principios y acciones tendientes a crear sociedades más justas. Equivale a
vulnerar todas las fachadas de imparcialidad republicana y a otorgar legalidad
a un gobierno paralelo, con poder para condicionar las elecciones ciudadanas y
ejercer control sobre sus representantes.
No en vano Michel
Foucault advertía: “Entre las prácticas sociales en las que el análisis
histórico permite localizar la emergencia de nuevas formas de subjetividad, las
prácticas jurídicas, o más precisamente, las prácticas judiciales, están entre
las más importantes”. (La verdad y las formas jurídicas, 1973.)
Límites a la
democracia
La apropiación del poder
simbólico del Estado sin recurrir a las urnas no sólo deslegitima a los poderes
Ejecutivo o Legislativo. También pone límites a la democracia y cuestiona a la
República como representación de la comunidad.
Cuando se cede el
control legal de la ciudadanía al poder económico, cabe esperar se acceda a
invalidar tratados como el del río Uruguay o a “cierres de gobierno”, como en
América del Norte.
Los Estados pueden
sucumbir y no es una metáfora.
La historia es pródiga
en civilizaciones cuyos nombres apenas se recuerdan, pero la decadencia de los
países no es menos dolorosa ni ejemplar.
Argentina ha demostrado
en sólo diez años que el crecimiento con inclusión social, aun con todas sus
dificultades, funciona.
Hoy, la ciudadanía
recoge los frutos del trabajo colectivo y amplias mayorías descubren la
potencia y las posibilidades que ofrece respetar las leyes, los acuerdos y la
palabra empeñada.
Para profundizar estas
huellas resulta imprescindible la participación popular en todos los debates,
en especial aquellos que la voz monocorde, fatalmente, elude o condiciona. Por
el contrario, la multiplicidad de fuentes de información acrecienta los aportes
políticos, exige la corrección de los errores, discute y selecciona los mejores
proyectos.
Suele imaginarse que “La
gran conquista de la democracia..., el derecho de dar testimonio, de oponer la
verdad al poder, se logró al cabo de un largo proceso nacido e instaurado
definitivamente en Atenas durante el siglo V” (La verdad y las formas
jurídicas, 1973); pero sólo será definitiva mientras la defendamos entre todos,
jueces incluidos.
* Antropóloga.
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