domingo, 5 de febrero de 2012

Entrevista con José Miguel Onaindia

"El gran invento cultural del peronismo es el término gorila"

Académico y experto en gestión cultural, Onaindia cuestiona la "aparición de una burocracia intelectual ligada al poder político", habla de un clima de intolerancia que despierta temor entre muchos pensadores y artistas, y asegura que entre los no kirchneristas "hay una sensación deser disidentes en nuestro propio país"
Por Raquel San Martin | LA NACION
Pocos temas son tan políticamente correctos como la cultura, que suele ser celebrada por oficialismos y oposiciones como promotora de la inclusión social, protectora de la diversidad, industria pujante y buen negocio. Sin embargo, la gestión concreta de una política cultural -de las declaraciones a los subsidios, la exportación de TV o los salarios de músicos y actores- es un campo minado de miradas contrapuestas y, en el caso argentino, el espacio propio de la "batalla cultural" kirchnerista, que muchos aplauden como una política que ha devuelto vitalidad a los debates de ideas y otros condenan como un intento antidemocrático y conservador de dirigir las opiniones.
En este último grupo está José Miguel Onaindia, abogado, especialista en legislación cultural, profesor de derecho constitucional en la UBA, ex director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) entre enero de 2000 y diciembre de 2001, y del Centro Cultural Rojas entre 2007 y 2008. Onaindia cree que en la Argentina la potencia de la cultura, que representa el 3,27% del PBI, con reconocida posibilidad exportadora y convocante de multitudes, aparece limitada por leyes que protegen a los productores pero no piensan en los destinatarios de libros, películas, programas de televisión u obras de teatro, y por un gobierno que confunde "promoción cultural con propaganda política".
Antikirchnerista convencido -en las últimas elecciones nacionales integró la lista de la Coalición Cívica como candidato a diputado-, Onaindia describe un campo intelectual y artístico escindido en dos: los que están con el Gobierno -por razones que van desde el convencimiento auténtico a la moda o el temor a quedar afuera-, y los que no, espacio en el que dice sentirse "un disidente" en su propio país. "El gran invento cultural del peronismo es la palabra ?gorila', que hoy condensa todo lo monstruoso de la historia argentina. Como nadie quiere estar incluido, la gente baja el nivel de confrontación y no dice públicamente lo que piensa", teoriza. "En el siglo XXI, pensar en imponer una hegemonía cultural me parece conservador."
En muchas gestiones culturales, en particular en la ciudad de Buenos Aires, hay una relación directa entre asistencia masiva a determinados eventos y la idea de "democratización de la cultura". ¿Está de acuerdo?
-No. Yo creo que los actos masivos son necesarios dentro de un menú, de una cantidad de opciones. Cuando el acento se pone en los actos masivos se pierde un concepto arquitectónico de la cultura. La infraestructura cultural de la ciudad hoy está muy deteriorada, desde los edificios como teatros, museos y centros culturales hasta el patrimonio intangible. No sé qué función cumplen los eventos masivos en el siglo XXI. En los 80, durante el gobierno de Alfonsín y la gestión de Pacho O'Donnell como secretario de Cultura en la ciudad, sacar gente a la calle respondía a la necesidad de ir contra el encierro y la oscuridad de la dictadura. En los 90, significaba favorecer las culturas de vanguardia, que funcionaban como la contracultura del menemismo, con el sentido político de incorporar a todo un sector que estaba en los márgenes. En el siglo XXI el arte de vanguardia está más canonizado que las artes tradicionales, gracias a las ayudas de la Nación y la ciudad hay muchas salas de teatro y espectáculos, entonces habría que ver qué agrega lo masivo?
- Sin embargo, la gente responde a estas propuestas masivamente.
-Sí, responde. Pero la cultura no es algo efímero o no debería serlo, sino algo que tenga un elemento transformador en la vida de las personas. Eso, como diseño de política cultural, tiene que ser importante.
- ¿Cómo se logra eso desde la gestión?
-Hay un déficit muy grande en la Argentina, que es la ausencia de la incorporación de la enseñanza artística, la ausencia de planes globales y masivos de formación de espectadores. Se pone mucho acento en generar talleres que inciten a la creación, pero no hay escuelas de apreciación de las artes; por lo tanto, para la mayoría de la gente, aún para los que acceden a niveles altos de educación formal, las artes son algo ajeno. Mis alumnos de la Facultad de Derecho no conocen el Museo de Bellas Artes, que queda enfrente. La mayoría no ha ido nunca al teatro. Ahí vamos al tema central del siglo XXI: que se haga efectivo el derecho humano de acceso a la cultura, y eso no es organizar un concierto en la calle.
- No tiene que ver con la disponibilidad de oferta.
-No, porque oferta hay. Las leyes de promoción cultural argentinas son en su gran mayoría preinformáticas y por eso obsoletas; son corporativas, es decir que la mayoría han sido concebidas por presión de los sectores, por lo tanto lo que tratan de regular es la relación entre Estado y sector, pero siempre queda afuera el destinatario. Estoy totalmente de acuerdo con los subsidios, pero tenemos que mirar hacia quién.
- Antes hablaba de pensar en el destinatario de las leyes. ¿Qué ocurre con los subsidios del Incaa? Pienso en una película como El estudiante , una de las más premiadas el año pasado, que no recibió subsidio.
-Fue el gran fenómeno del año, una película hecha fuera del sistema. Hay un desacierto en no ver cómo este cine puede ser contenido dentro del sistema público que le permita mayor proyección. 2011 fue el año con menor asistencia de público a ver cine argentino desde 1998, a pesar de que hubo una gran cantidad de estrenos.
- ¿Por qué?
-Precisamente porque no hay formación de espectadores, no hay una buena apoyatura de lanzamientos, se apunta mucho al número de producción, y en esto creo que hay una especie de espejismo para todas las autoridades culturales. Estrenamos 100 películas, ¿qué significa eso? Hubo muy buenas películas argentinas, de mucha calidad y diversidad, pero hay algo que tiene que ver con la distribución, con el lanzamiento, con la no generación del público de defensa del propio cine. No lo ven como un valor.
- En su último libro habla de la potencialidad de la cultura en las relaciones internacionales. ¿Está eso comprendido y aprovechado en la Argentina?
-Yo diría que en general no hay una gran comprensión en los sectores políticos argentinos ni de las relaciones internacionales ni de la cultura. La política argentina es muy autorreferencial, se mira a sí misma, y tampoco aparece lo cultural como algo muy importante. En las últimas gestiones hay funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores o de Cultura que comprenden este interés internacional, pero no me parece que haya una política general. Son más percepciones individuales que una política diseñada para eso. Si en algo podemos distinguirnos es que además de producir soja producimos bienes culturales con valor económico, como libros y producción audiovisual, y tenemos una tradición en eso. Si se trabaja orgánicamente para que esto vuelva a suceder podemos tener éxito, en la medida en que no se use la cultura como modo de propaganda.
- ¿Ve que eso está pasando?
-La verdad es que sí. Me parece que hay una confusión entre promoción cultural y propaganda política del Gobierno. Lo veo, aun en hechos positivos.
- ¿Por ejemplo?
-La Feria del Libro de Fráncfort fue un importante esfuerzo de la Argentina, muy bien organizado, en el que lamentablemente se usó una parte para difusión de la figura presidencial, en una vidriera equivocada. No vendamos el proyecto político o la figura política presidencial, porque eso no va a interesar en el exterior. En Fráncfort había diversidad en la selección de escritores, pero esa presencia de las fotos de la Presidenta, de ella repartiendo netbooks, era molesta, porque es excluyente, porque era algo hecho en representación del Estado.
- Hay quienes señalan esto en los programas de televisión que se hicieron con subsidios del Incaa.
-Creo que fue una buena medida que quedó un tanto desdibujada por el uso político. Fueron concursos que salieron en muy poco tiempo, lo que quiere decir que eran proyectos que ya estaban presentados, con una cláusula que obligaba a esos programas a tener un 50% de tanda de propaganda oficial. Si la gente hubiera recibido esta batería de ficciones sin estas sospechas quizás hubieran tenido mayor repercusión. Y no me pareció criterioso que todas salieran al mismo tiempo, porque el público no es inmenso. No tengo problema en unir política con cultura, no hay cultura neutra. Pero una cosa es cultura con contenidos y otra cultura como propaganda, cuando se intenta ingenuamente hacer un adoctrinamiento que está un poco pasado de moda. En el mundo contemporáneo, donde podemos conectarnos con todos lados, tratar de decir cómo se interpreta la realidad es un poco ingenuo.
- ¿Qué piensa cuando escucha hablar de la "batalla cultural" por la instalación de un relato hegemónico?
-Me niego a hablar de cultura en términos castrenses. Creo que deberíamos poder hablar de una confrontación de ideas. Yo no pretendo que la gente que adhiere a determinados principios piense lo mismo que yo, pero sí quiero que me respete, que podamos convivir en el mismo territorio. El kirchnerismo en su primera expresión, de 2003 a 2007 e incluso hasta la elección de Cristina Kirchner, no le había prestado mucha atención al tema cultural. Torcuato Di Tella, que fue el primer secretario de Cultura de Kirchner, y que es un intelectual respetado, dijo claramente en un momento que la cultura no era prioritaria para ese gobierno. Cuando empezó el conflicto con el campo, se dibujó el mundo cultural como un espacio en el que discutir. No me parece negativo que exista, pero es objetable la forma en que existe. Lenguaje castrense, pretensión hegemónica: creo que atrasa 50 años. En el siglo XXI, cuando todo el mundo se expresa, estar pensando en imponer una hegemonía cultural me parece conservador.
- ¿Qué le parece la reacción del mundo intelectual en esto? Hay quienes dicen que nunca como ahora se pueden debatir ideas públicamente y otros que es el peor escenario para discutir.
-Creo que es un mal momento para el debate, porque no debatimos. Se debate si podemos juntarnos en el mismo espacio, si la gente que opina en contra o tiene una posición no es vituperada o estigmatizada por el oficialismo y todo el poder armado sobre esto. Y me parece que no es un buen signo esta aparición de una burocracia intelectual ligada al poder político. Si un grupo de intelectuales y docentes universitarios quiere darle sustento conceptual al Gobierno y apoyarlo en determinadas propuestas está bien, pero no estoy de acuerdo con que se usen organismos públicos para esto.
- ¿Se refiere a Carta Abierta?
-Sí, las reuniones de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional son como el copamiento del lugar en el que están todas las ideas concentradas, como si fuera el coto de caza de un grupo de pensamiento. Y la ofensiva desde el grupo político oficial contra los que no están es tan fuerte que mucha gente no la puede resistir. El gran invento cultural del peronismo es la palabra "gorila", que hoy condensa todo lo monstruoso de la historia argentina. Como nadie quiere estar incluido, la gente baja el nivel de confrontación y no dice públicamente lo que piensa. Originariamente era el grupo más obcecadamente antiperonista; ahora es todo lo que no es oficial y se le ha adicionado haber colaborado con la dictadura militar, todo lo monstruoso de la historia argentina. Hay miedo en muchos intelectuales, pensadores, artistas, en quedar incluidos en ese grupo. Y además también hay otro costado, tal vez un poquito más frívolo. Hoy ser K es cool, y por eso se buscan teorías justificatorias, como el renacimiento del romanticismo en la política, en gente que hace tres años estaba en la vereda de enfrente. Esto que para muchos puede ser un hallazgo político y que les ha dado rédito, no es exitoso para el país. Es un fracaso que tengamos una convivencia cultural menos plural, menos pacífica y tolerante que la que tuvimos, por ejemplo, en la recuperación democrática.
- ¿Qué potencialidad política puede tener la cultura en tiempos kirchneristas?
-Tiene una potencia importante y el oficialismo ha advertido que es un sector relevante que se les acercó. El espacio intelectual y de creación artística no ha sido mayoritariamente peronista. Pero en los últimos tiempos lograron penetrar en un ámbito donde no habían entrado ni aún cuando Cristina Kirchner ganó su primera elección. Esta división de los que están con el Gobierno y los que no es muy dañina, genera resentimientos, contradicciones que podrían ser resueltas de modo más inteligente. En la Argentina de la posdictadura hubo sectores intelectuales que acompañaron a Alfonsín; menos en el menemismo pero también los hubo; en la Alianza también y, sin embargo, fueron años de enriquecimiento, cuando uno podía estar con un alfonsinista acérrimo y no se sentía segregado. Hoy, para los que no somos kirchneristas, hay una sensación de ser disidentes en nuestro propio país.
- ¿Cómo se puede producir un cambio en la cultura política? Pienso en los bajos niveles de participación colectiva, de que votamos y nos olvidamos.
-Creo que la educación es una llave importantísima. El Estado democrático es un Estado docente, que debe enseñar a convivir, que lo público es importante, que debemos preservar costumbres de trato y derechos. Sin embargo, voy a disentir. Hay dos clichés que ha inventado el kirchnerismo: la no participación política de la sociedad y la inclusión de la juventud. Esta es una sociedad que de diferentes modos se ha involucrado mucho en política. En el comienzo de la democracia había enormes y muy importantes participaciones políticas. Hoy hablan de los chicos de La Cámpora, pero los de la Coordinadora eran mucho más chicos y mucho más grandes como estructura política. El gobierno de Alfonsín fue acompañado con una gran participación: las organizaciones de derechos humanos, Madres y Abuelas en la vanguardia, la APDH en la dictadura y la posdictadura, las ONG de defensa de la calidad institucional (Poder Ciudadano, ADC, el CELS). En la universidad siempre hubo política. Los cacerolazos, las asambleas populares... Lo que sí creo que el Estado no ha hecho bien en los años de democracia es enseñar la convivencia.

MANO A MANO

Fuera de grabador, empezamos hablando de cine. En rigor, del libro Imágenes compartidas, una investigación que coordinó durante dos años sobre las relaciones entre el cine argentino y el español desde los años 30 del siglo pasado, y que editó el Centro Cultural de España. Ese comienzo pareció confirmar lo que había anticipado: que aunque no iba a eludir la coyuntura política, José Miguel Onaindia iba a estar más cómodo hablando de la gestión cultural. Enseguida, advertí que estaba equivocada: a diferencia de algunos integrantes del campo intelectual, que optan por reservarse sus opiniones sobre el Gobierno al hablar públicamente, Onaindia ha decidido intervenir en el debate que divide en al menos dos partes al mundo de las ideas -de hecho, es firmante del documento de presentación del grupo Plataforma 2012- y, desde la vereda antikirchnerista, en la entrevista no contuvo críticas al Gobierno ni a algunos de sus pares.
Recuerdo que una actitud parecida tuvo en 2008, cuando renunció a su cargo de director del Centro Cultural Rojas, de la UBA. En ese momento, Onaindia dijo que había muchos conflictos que hacia el futuro le producían "incertidumbre para planificar la gestión". Casi 200 firmas de intelectuales y artistas lo apoyaron, pero algunos otros se molestaron con él: denunciaba desprolijidades administrativas y presiones gremiales en uno de los espacios supuestamente más alejados de esas cuestiones en la UBA.
El mundo de la política cultural es también terreno de disputas, egos y alineamientos. Onaindia parece saber cómo jugar el juego..

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