miércoles, 13 de junio de 2012


MEDIOS Y COMUNICACION

Calle 13 y comunicación popular

A propósito del Premio Rodolfo Walsh que recientemente le entregó la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP a Calle 13, Carlos Leavi argumenta por qué se trata de una experiencia musical/cultural de comunicación popular.

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Por Carlos Leavi *

La experiencia musical/cultural de Calle 13 puede ser pensada como expresión de comunicación popular, por ser parte de las memorias de una América latina profunda, silenciada, negada y plagada de invisibilidades. La que va desde Túpac Amaru, Túpac Katari y Bartolina Sisa hasta José Gervasio Artigas. La que se reconoce en Sandino y en el Che Guevara. Se sienten, se ven y se promueven atravesados por esas cuantiosas experiencias de protagonismo de los pueblos latinoamericanos. Batallas múltiples que se expresan en diversos modos de lo popular y se reconocen en matrices donde se explicita (sin culpa, sin vergüenza, con orgullo), la primacía de lo político. Pero estas palabras apenas vislumbran el punto de partida latino y son, casi nada, comparadas con ver/escuchar su video del tema “Latinoamérica”. En algo más de cinco minutos, están los rostros, los trabajos, los paisajes, las luchas en nuestras tierras, cantados desde una radio comunitaria en medio de los Andes.

Y podemos considerar sus intervenciones como experiencias de culturas populares, porque hay en ellas “lamentos” por los despojos y las injusticias, al mismo tiempo que están los “desafíos” desde una poética urbana que celebra el coraje y el ritmo de guerra de las músicas latinas. Escuchamos y vemos en Calle 13 canciones, poesías, discursos que postulan y desean un lugar desde la música. Hablan/cantan y se asumen desde una relación de lucha, de pelea, de tensión, de provocación a “otros”. No los niegan. Los (nos) interpelan y asumen un lugar de enunciación: el de los pueblos latinoamericanos. Es un claro ejemplo de cómo el “acto del habla” no puede desprenderse de su circunstancia.

Conocí Calle 13 por mis hijos de 7 y 12 años. Ellos me pidieron que lo escuche. Saben sus canciones de memoria. Dicen que en las escuelas públicas adonde van, sus compañeritos lo escuchan. Y dicen que les gusta porque “no tienen miedo de decir todo y hablan como nosotros”. Hay que escuchar a Calle 13, pero también a los pibes.

Hace algunos años que desde el campo de la comunicación creemos que las prácticas no reflejan, sino que inventan, postulan o desean. Y la experiencia comunicacional/cultural de Calle 13 se deja atravesar por discursividades que parodian al mercado y lo provocan desde su masividad; porque hay belleza y alegría en sus búsquedas para ser visto/oído por miles. “No a la payola” (aludiendo a la corrupción de las emisoras y productoras discográficas que cobran peajes para pasar ciertos temas), decía René mientras lo cortaban al recibir el Grammy, en el mismísimo Estados Unidos en 2011. “¡Este es un triunfo de la música!”, repetía sin cesar. “Mi disquera no es Sony, ¡mi disquera es la gente...!”, cantan en su último disco. Con esto quiero decir que no se preocupan tanto por la noción liberal de “libre expresión”, sino que cantan/bailan/hablan desde las contradicciones de una densidad cultural que, como puede, como le salga, busca más “liberación” de los cuerpos y de las voces, que “libre mercado”.

Rodolfo Walsh difundió su carta el 24 de marzo de 1977, “fiel al compromiso” que asumió de “dar testimonio en momentos difíciles”. Vivir uno de los momentos más ricos de América latina respecto de procesos políticos que promueven la liberación de sus pueblos exige seguir dando “testimonios” de que “soy la cara de un desaparecido...” o “América latina un pueblo sin piernas pero que camina...” Y porque “no se puede comprar el sol, ni las lluvias, ni mis alegrías, ni mis dolores” es que son comunicación popular. Como Ancla, como el diario de la CGT de los Argentinos, como Operación Masacre.

No hay ninguna duda de que nuestro compañero Rodolfo Walsh compartiría estas palabras que René Pérez Joglar, en nombre de Calle 13, nos dijo hace pocos días en la Facultad de Periodismo y Comunicación de La Plata: “Debemos usar todas las herramientas que estén a nuestro alcance para transformar el sistema en el cual estamos inmersos. Este es un oficio cuya integridad no se vende ni se compra. El mundo necesita cada vez más información responsable y gente valiente que sepa darla a conocer. La verdad está en sus manos”.

Por todo esto, que los ubica como una experiencia de comunicación popular y sus luchas, el Premio Rodolfo Walsh vale y se encarna en Calle 13, para los que buscan, pelean, sueñan, cantan y bailan por la liberación de los pueblos. No tanto, o casi nada, para los que postulan el mercado, sus trampas y sus imperios.

* Licenciado en Comunicación Social. Docente de la Cátedra Comunicación y Teorías. FPyCS, UNLP.









MEDIOS Y COMUNICACION

Inseguridad y educación popular

Mario Almirón abre el debate sobre la calle, entendida como espacio de opinión pública y, a partir de los “cacerolazos”, señala omisiones en el reclamo y aboga por respuestas elaboradas desde la cultura y la educación popular.

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Por Mario Román Almirón *

En los últimos días se ha vuelto a debatir en nuestro país sobre las diversas formas de protesta callejera, su simbolismo y características.

Las grandes ciudades –nacidas luego de la Revolución Industrial– generaron las calles que hoy conocemos: un espacio de interacción entre lo público y lo privado. Diversos grupos políticos, gremiales y sociales ejercen en la calle su derecho a la protesta. Desde algunas posiciones se rechaza de modo absoluto esta metodología, reclamando la total prohibición de estas expresiones o su represión.

La calle ha sido objeto de control por parte de todos los militares golpistas en Latinoamérica. Recordemos los “toques de queda” y la apropiación del espacio público por parte de la última dictadura militar que padeció Argentina.

La disidencia, la crítica, la resistencia a diversas formas de opresión ha sido expresada en las calles y no tenemos dudas sobre su rica historia en la construcción de poder popular. La “opinión pública” parece hoy contener una polarización imposible de resolver: automovilistas versus peatones, manifestantes versus no manifestantes, cacerolazo versus anticacerolazo.

Desde nuestra perspectiva, ningún camino (atajo en realidad) que nos conduzca a la represión y al control autoritario supone una solución real al conflicto. Aclarado ello, va nuestra crítica a los últimos “cacerolazos” realizados en nuestro país. Para ser muy claros: el problema no es que se hagan cacerolazos. Estos tienen en nuestro país una larga historia, a veces olvidada.

El tema es qué causas y en qué contexto se convoca a golpear ollas, sartenes y latas, mientras la televisión transmite –y amplifica– el suceso. Gracias a la TV es imposible no enterarse de que hay gente indignada porque no puede comprar dólares o porque el Congreso no impone ya la pena de muerte a los ladrones que –cual fantasmas que vuelven una y otra vez– alimentan el miedo y la necesidad de control.

Dicho de otro modo: qué derechos, libertades y valores están ausentes del reclamo actual y parecieran silenciados por estos manifestantes. Se nos ocurren algunos que en la incompleta lista el lector podrá ampliar. No hay en su reclamo ninguna referencia a los que son discriminados por su situación de extrema pobreza o “de calle”. No hay voces claras contra los abusos que las empresas privadas de servicios públicos concretan contra el Pueblo. No las hay contra la usura financiera. No hay quejas por los trabajadores aún sin empleo o con relaciones laborales clandestinizadas. No hay voces por la niñez y la educación en antivalores que concretan algunos medios masivos de comunicación (como alguna TV, abierta las 24 horas, más horas que cualquier escuela y en donde se dicta cátedra de egoísmo, cinismo y mezquindad).

Tampoco entre los “caceroleros” de hoy se escuchan voces que –paradójicamente– señalen la estigmatización que sufre la mujer en las calles. ¿Cuántos de los que hoy se manifiestan y reclaman su derecho a estar en las calles han discriminado a mujeres que las ocupan y han pedido que se los confine a un lugar lejano? ¿Cuántas veces hemos escuchado que se “erradique” no a la pobreza sino a los pobres? Fuera del espacio público, fuera de la ciudad, algunos quieren no ver estas realidades, como si no existieran independientemente de nuestras percepciones. Pura hipocresía. Alguien dijo que el interés es la medida de todas las acciones pequeñas.

Por otro lado es tan entendible el reclamo por mayores niveles de protección frente al delito como equivocado el remedio de la represión. Sin más y mejor educación para todos (la gran ausente en estas manifestaciones) y mejores condiciones de vida y de trabajo no hay soluciones posibles. Si queremos quedarnos como sociedad en la superficie, pensemos en mecanismos represivos cada vez más “eficientes”. Si buscamos la raíz de los problemas sociales, económicos y de seguridad, es urgente pensar en la cultura –entendida como matriz de vida dotada de sentido– y en la educación popular.

Educación popular, entendida como “un movimiento enfrentado a las prácticas educativas tradicionales para promover una sociedad más democrática y más justa. La educación popular es aquella que acompaña a los educandos a elaborar su identidad en el proceso de ir convirtiéndose en sujetos de un proyecto histórico alternativo que garantice la participación y una vida digna a todos”. Una concepción “educativa humanizadora”, cuyo centro es la persona y no el mercado, el dinero, el prestigio o el poder. Es, en suma, una educación no sólo “por” el Pueblo, sino “con” y “para” el Pueblo, asumiendo sus valores y su vocación de constructor de la historia.

* Secretario general de Sadop.


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