lunes, 11 de noviembre de 2013

la cultura escrita como un nuevo privilegio de clases

La cultura escrita como un nuevo privilegio de clase

Al docente universitario le preocupa el empobrecimiento en los intercambios y los lugares comunes de la reflexión entre personas cuya cultura está atravesada por las TIC.
Domingo 10 de Noviembre de 2013 Hs.
En los años 70, “la juventud debatía de literatura, historia, filosofía y política”, menciona Lambruschini.
En los años 70, “la juventud debatía de literatura, historia, filosofía y política”, menciona Lambruschini.
En un ambiento cómodo, rodeado de libros, Gustavo Lambruschini reflexionó sobre diversos asuntos.
En un ambiento cómodo, rodeado de libros, Gustavo Lambruschini reflexionó sobre diversos asuntos.

El futuro llegó, mal que nos pese. En un primer momento, pareció dispuesta para la risa la expresión de la matriz que en Tiempos Modernos mostraba cómo los seres humanos estaban llamados a ser un engranaje más, un objeto reemplazable, en un mecanismo complejo que impregnaba la existencia más allá de los límites de la jornada laboral. También pudo haber lucido algo exagerado el tono de premoniciones fílmicas como Brazil o La Naranja mecánica, sobre todo si se las asociaba a la licencia literaria propia de un género con fronteras difusas como el de la ciencia ficción. Quién sabe, acaso pasó lo mismo con 1984, de George Orwell. El caso es que hoy, incluso en ciudades alejadas en todo sentido de los centros mundiales de decisión, como las nuestras, nadie se animaría a poner en duda la influencia de la televisión (no del aparato ni siquiera del medio de comunicación, sino de la lógica que expresa) y, en segundas nupcias, de las llamadas redes sociales, que es el modo corriente a partir del cual los ciudadanos se apropian y son apropiados por la Internet. Hay que ver de qué hablamos, qué fuentes inspiran nuestras opiniones, para reconocer hasta qué punto somos parte de la sociedad digital teledirigida, que aparecía ya en el horizonte intuitivo de Charles Chaplin en el largometraje que escribiera, dirigiera y protagonizara, estrenado en 1936. La charla con Gustavo Lambruschini repasará las consecuencias que se derivan de la supremacía de la imagen sobre la palabra escrita, a lo que aludiera la expresión académica homo videns, pero también se detendrá a analizar la época presente, que él denomina posmodernidad, a la que le incorpora otro carácter esencial: la fiebre por adquirir de manera compulsiva bienes generalmente innecesarios, fenómeno que termina configurando una potente matriz identitaria, que se conoce bajo el rótulo de homo consumericus. Para aludir al neoindividualismo de tipo narcisista, que mientras hiperconecta transforma a los seres humanos en soledades rodeadas de hombres y mujeres solos, el profesor Lambruschini eligió unos sillones cómodos, desde donde en perspectiva se puede ver una mesa de trabajo con una notebook encendida, en un ambiente en el que no hay cuadros sino interminables muebles de biblioteca, refugiados detrás de cristales. “La creencia general es terriblemente cínica y está enfocada en una especie de trinidad que se tiene por santísima en nuestra época: el dinero, el poder y el sexo, no como medios sino como fines en sí mismos”, dirá, antes de aportar que “es relativamente falso que no creamos en nada, más allá de que no conduce a ningún lado esta celebración de un pluralismo escéptico porque responde a una matriz honda y profundamente conservadora cuando no directamente reaccionaria”.
–¿Qué es más representativo de nuestro tiempo, el homo videns o el homo consumericus?
–No son tesis contradictorias. Si husmeamos en las raíces veremos que el capitalismo entiende al ser humano como un productor y un consumidor de mercancías. Ahora, en el capitalismo tardío existe una superproducción de bienes y los hombres y mujeres se definen en términos de demanda solvente, es decir, que sólo son considerados en la medida en que están en condiciones de consumir, incluyendo esa mercancía que con toda corrección se ha dado en llamar la industria del tiempo libre.
Lo vemos claramente con las personas que juguetean con el teléfono celular, en el cine, en el colectivo, en una reunión familiar, en clases o en una conferencia, en una charla de amigos, en una salida con la pareja. Actualmente existe una especie de celebración de las redes sociales y las nuevas tecnologías de la comunicación y la información a cargo del pensamiento de la derecha, que lo hace a costa de la cultura de la escritura.
Umberto Eco lo ha dicho de una manera epigramática: “En el futuro sólo van a leer los patrones y los jefes; los demás estarán mirando televisión y jugando con estas tonterías”.
PANTALLAS.
–¿Por qué no puede ser crítica la cultura audiovisual?
–Porque no hay forma de que una imagen comente y evalúe a otra imagen: hay algo de su naturaleza continua que resiste la comparación con el antecedente. La cultura de la escritura está en crisis en la sociedad en general y en la universidad en particular. Así las cosas, la competencia que permite transmitir pensamientos y sentimientos a través de la escritura y la competencia que permite leer un libro y entenderlo, se pierde para grandes masas pero no para los que mandan. Con lo cual la cultura de la escritura vuelve a transformarse en un privilegio de clase.
El reconocimiento del otro no es sólo un presupuesto pragmático del diálogo, de la conversación interpersonal, sino que la política en sentido auténtico supone la existencia de grupos de compañeros, correligionarios, camaradas, reunidos en función de relaciones igualitarias. Así, cuando éstas son sustituidas por relaciones de jerarquía, donde uno sólo es el que habla y a los demás sólo les queda escuchar, donde uno decide y los otros obedecen, no hay política.
No sólo a nivel político se presentan estas asimetrías, también están presentes en los medios de comunicación, en los ámbitos educativos, en cualquier lugar de trabajo o institución.
–¿Y en las relaciones interpersonales?
–No quisiera condenar en bloque la práctica del twitter, pero hablar argumentativamente es una labor que se ve gravemente confinada en un formato de semejante estrechez.
Veo con preocupación que muchos de los que han crecido ajenos a la cultura de la escritura, y agrego aquí el cine y el teatro, se relacionan a partir de interjecciones, vocativos y sobreentendidos en un intercambio lingüístico desbordado de lugares comunes, que no alcanza a ser un diálogo o conversación porque lo que se comparte es una serie de sentencias que no permiten asomarse a cosas distintas de aquello que todo el mundo dice. Pensar de nuevo, asumir la crítica, evaluar lo que se hace, lo que se dice, lo que se piensa, procurar toda clase de originalidad, de innovación, de nuevos lenguajes, son aventuras que quedan abolidas desde un primer momento porque la norma es intercambiar emoticones, metafóricamente hablando. Al mismo tiempo, todo lo que no pertenezca a ese universo es en general rechazado, discriminado, eludido. Éste es el signo de la cultura del capitalismo tardío.
Es claro que el capitalismo está llevando a la especie humana a la propia extinción producto de una cultura que no piensa en el futuro. Pero nosotros seguimos sentados frente a la televisión o subiendo comentarios menores al muro del Facebook. Mientras tanto, francamente, en un mundo desigual como nunca antes, inhumano, parece menos verosímil que una revolución ponga coto al capitalismo a que sobrevenga una catástrofe ambiental que lleve a la muerte a millones de personas, evento al que vamos a asistir como espectadores de noticiero. Ésta es la medida de la dominación en marcha.
–Siempre, por doquier, surgen empecinados salmones. ¿Cómo se cimenta esa rebeldía?
–El camino es obvio, aunque ciertamente dificultoso porque significa encarnar un programa vital completamente distinto a lo que está en boga. Me refiero a regresar al humanismo, que no es otra cosa que poner en el centro la experiencia literaria, reconstruirla.
Lo mismo pasa con la conciencia histórica que ayuda a proveer un sentido de ubicuidad de la parte y el todo, de los antecedentes y los consecuentes. Es necesario conocer de historia argentina, por cierto, pero hay que ser consciente de que es imposible entenderla sin enmarcarla en la historia del mercado mundial, es decir, la historia del capitalismo.
La tercera pata es la filosofía que, en los años 70, formaba parte de las conversaciones cotidianas en grupos numerosos, que era un germen existencial. Efectivamente, en aquella época la juventud debatía de literatura, historia, filosofía y política. Por eso mismo, vino a ser abolida por la dictadura.
CIMIENTOS.
-¿Era su casa un lugar de lectura?
-Como en la gran mayoría de las casas de mi clase social de la época, en la mía todos los días se leían dos diarios. La radio era un medio de comunicación “peronista”, por lo cual era discriminado. Había una biblioteca relativamente importante, que incluía la Literatura y mucho más las Ciencias Sociales que la Filosofía. También como una característica de clase y de la época, había un cierto “cholulismo” por la cultura, la erudición y la inteligencia. Así pues, la valoración de la lectura era un pilar. En casa se compró un televisor recién en 1972, cuando yo estudiaba en Alemania y porque mi madre debía guardar cama.
-¿Cuál fue su primer libro leído? ¿Cómo fue que se decidió a estudiar Filosofía?
–Mi primer vínculo estrecho con la literatura proviene, más que de los cuentos infantiles, de la poesía lírica. Mi madre sabía “declamar”. En serio, había estudiado “declamación”, una habilidad que hoy está en extinción. De modo que era una excelente y encantadora lectora, sobre todo de la poesía del Modernismo. Ella me hizo amar la poesía.
Como era frecuente entre los jóvenes de mi clase y de mi época, se leía y también se escribía, es decir, se componían algunos (malos) versos.
La parte sustantiva de mi cultura literaria en la lírica se remonta a esa época. Muy tempranamente mi padre me animó a leer el libro del poeta alemán Gustav Schwab, Dioses y Héroes de la Antigua Grecia, y las obras de Homero. Incluso me leía y buscaba explicarme a Jaeger, por lo que desde entonces y hasta ahora estoy vinculado a la cultura helénica.
Pero mi decisión final de estudiar Filosofía tiene que ver con la influencia de Sartre y quien me introdujo a su lectura, una tía filósofa, partidaria de Simone de Beauvoir, que tenía la colección completa de Les Temps Modernes. Tenía decidido estudiar Filosofía ya a los 16 años, y había leído toda la obra literaria de Sartre antes de entrar a la Facultad.

Veo con preocupación que muchos de los que han crecido ajenos a la cultura de la escritura, y agrego aquí el cine y el teatro, se relacionan a partir de interjecciones, vocativos y sobreentendidos...”.

Libros amigos

–¿Qué diría si tuviera que hablar de sus amigos, los libros?
–Tengo cinco bibliotecas en diferentes partes y relativamente separadas, que tienen que ver con los lugares donde he trabajado, que para mí significan los lugares en que he vivido. La inmensa mayoría de mis libros son de Filosofía, de Ciencias Sociales, de Literatura y de Historia. Carezco de una formación seria y mi información en las ciencias “duras” es sólo periodística, por lo que debo concluir que no soy un hombre culto, en el sentido de nuestra época histórica.
–¿No exagera?
–No. Me parece que tienen razón quienes dicen que hay que considerar incultos a los que ignoran las ciencias.
–¿Qué libro está leyendo ahora, descubriendo o redescubriendo?
–A causa de lo que vive el país, América Latina e incluso el mundo, releo y estudio El 18 Brumario de Marx y otros libros más o menos complementarios.
Víctor Fleitas vfleitas@eldiario.com.

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