domingo, 29 de enero de 2012

EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

Hoy una tragedia, mañana diversión


Es una apuesta segura que el trágico accidente del crucero “Costa Concordia”, que costó quince vidas y varios desaparecidos, y amenaza por provocar otro desastre ecológico por la pérdida de petróleo, tarde o temprano terminará siendo tema de una película de acción del tipo de “Infierno en la torre”, por no citar el más obvio de los recientes antecedentes, “Titanic”.
  • FotoBorrini: "Barcos y aviones parecen tener el encanto cinematográfico de todo lo que desafía las leyes de gravedad, y que puede ser relacionado superficialmente con la fatalidad".

El crucero varado tiene todos los ingredientes de un buen espectáculo: el ridículo de haber naufragado a pocos metros de la costa italiana; la posición en que posó para las fotos de tapa de los diarios, como uno de esos monstruos ideados por Fellini; el capitán italiano que abandonó el barco antes de tiempo y se negó a volver para ayudar a los sobrevivientes.
Hasta la calificación del hecho como fiel reflejo del mal momento socioeconómico por el que atraviesa Italia, sobre el que filosofaron los periódicos y noticieros televisivos, agrega condimento al futuro guión. Ni siquiera hay que esforzarse mucho por encontrarle título: un diario lo bautizó “El crucero del horror”, para vincularlo con “El crucero del amor”, exitoso pasatiempo televisivo de unas décadas atrás.
Barcos y aviones parecen tener el encanto cinematográfico de todo lo que desafía las leyes de gravedad, y que puede ser relacionado superficialmente con la fatalidad, sobre todo cuando el suceso cuenta con la complicidad de terroristas, irresponsables, cobardes, secuestradores y malvados de película en general.
Pero la repetición de la tragedia al convertirse en distracción, bajo la forma de un libro, una teleserie o una película, es lo más llamativo de la cuestión. La ficción modifica el hecho original, lo simplifica al dividir a los participantes claramente en héroes y villanos. Ni siquiera hace falta pensar; el espectáculo lo da todo predigerido.
El accidente real irrumpió en los medios como noticia, de la noche a la mañana y tomó a la gente desprevenida; la ficción, en cambio, exige una elaborada preparación, primero a través de los adelantos periodísticos y después, cerca del estreno, mediante el marketing del espectáculo.
Es como si el “Costa Concordia” o el “Titanic” volvieran a naufragar en la pantalla de la sala de su barrio con cada proyección y ante una platea preparada para disfrutar el espectáculo.
¿Cuántas veces, en la historia del cine o de la televisión, una tragedia inspiró un entretenimiento? Si a veces hasta parece que la tragedia tuviese en cuenta su aún desconocido destino último y se esforzara por no defraudarlo.
El mejor ejemplo de que la tragedia de hoy puede terminar como la diversión de mañana, son las guerras, las peores catástrofes de la humanidad. Hollywood le debe a los conflictos bélicos la mitad de su producción, entre ellas varias obras maestras, desde las artesanales, con flechas y tiros, entabladas contra los indios que inmortalizó John Ford “En la pasión de los fuertes”, de la década del ’40 o ’50, hasta “Buscando al soldado Ryan” de Steven Spielberg, sobre un episodio de la Segunda Guerra Mundial.
La tragedia hecha distracción suele impresionar más fuerte que el hecho original. Es probable que muchos jóvenes que no conocieron de primera mano los sucesos reales, recuerden al fanfarrón general Patton con la figura del actor George C. Scout, que lo encarnó en la película homónima, y que los oficiales y soldados reales que expusieron sus vidas bajo los cañones nazis en Normandía, queden en la memoria con los rostros de los “valientes” de celuloide Henry Fonda, Robert Mitchum y John Wayne en “El día más largo del siglo”. La razón es que son más creíbles por su pasado cinematográfico que los originales.
Pero quizá siempre fue así pero diferente. Porque en la época en que el cine alternaba, como distracción de los jóvenes, con las novelas de aventuras, cada lector tenía su propia efigie de D’Artagnan, de Robin Hood o de Phineas Fogg. No es regalando computadoras a los alumnos que puede incentivarse la imaginación y la fantasía que tanto hacen falta para combatir la cruda realidad.

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